Tonás
Jueves 17 de septiembre del 2009
Proviene del término español tonada, que identifica a ciertos cantables o melodías y que la economía del lenguaje propia de Andalucía reduce a “toná”.
Este estilo suele expresar dolor, marcando un elevado dramatismo en sus letras. Se trata de uno de los cantes más primitivos del flamenco y se caracteriza, en un principio, porque se ejecuta sin ningún acompañamiento musical, a capella o a palo seco, como se suele decir en el argot flamenco. Pero bajo esa denominación se agrupa a una serie de estilos, entre los que se puede citar la misteriosa debla, la Carcelera, que se recrea en el ambiente de las cárceles, o el Martinete, ambientado en las fraguas de los herreros y cuyo compás melódico podría provenir del sonido del martillo sobre el yunque.
No existe un modelo específico de toná, sino que son distintas y muchas, de hecho, se han olvidado. Tradicionalmente se les bautizaba con el nombre de su intérprete originario, de su divulgador o con alguna palabra presente en su letra. Así se habla de la Toná del Cerrojo, la Toná de los Pajaritos o la Toná del Cristo: "Eres padre de almas / y ministro de Cristo / tronco de nuestra Santa Madre lglesia, Santa / y árbol del Paraíso". Su historia se remonta a una etapa anterior a la difusión del flamenco y posiblemente tenga relación directa con las pragmáticas que, a partir del reinado de Isabel y Fernando, persiguieron a judíos, moriscos y gitanos. La religión, de hecho, está presente en las letras de sus cabales –que es como se denomina a la estrofa que remata su cante--, y uno de cuyos ejemplos más frecuentes es el de: "Y si no es verdad / lo que digo/, que Dios me mande un castigo/ si me lo quiere mandar". Quizá su antecedente fueran los romances. José Blas Vega fija su aparición pública hacia el año 1770, cuando cita a tal propósito una publicación sevillana llamada "La Enciclopedia”, donde se recoge la opinión de que "en los cafés ya no se cantan ordinariamente las deblas, tonás y livianas que tan en boga estuvieron el siglo pasado". El propio "Demófilo", en su "Colección de Cantes Flamencos" que se publica en 1881, afirma: "Las tonás y livianas, como los martinetes y las deblas, que son cante antiguo y apenas hay quién se atreva a meterles el diente, se cantan sin guitarra". Justo entonces, en el último tercio del siglo XVIII vivió en Jerez Tio Luis el de la Juliana, considerado como el primer cantaor que figura en los antecedentes históricos del cante flamenco, y al que se tiene como el primer y gran especialista en el cante por "tonás". Jerez y Triana fueron, posiblemente, los focos iniciales de este cante que en Cádiz iría transformándose posteriormente en seguiriya. Hasta 1954, que se grabaron un par de ellas para la Antología de Hispavox, no existían muestras registradas de las mismas. La excepción era la Toná del Cristo, que se utilizaba a modo de coda en muchas saetas pero sin identificarla como dicho cante. Antonio Mairena rescató del olvido muchas de las tonas y, en otros casos, inventó algunas modalidades, aunque su modestia le impidió asumir la autoría de las mismas.
Se les suele dividir en "toná grande" y "toná chica", según la extensión de sus tercios.
Aunque también se incluye una tercera, la toná del Cristo: no falta quien asegure que hubo hasta treinta y tres. Demófilo en su conocida obra ya citada, relaciona hasta veintiseis tonás, nombrando junto a cada una de ellas los cantaores o cantaoras que las interpretaban, con excepción de las cuatro tonás tristes que figuran en la relación sin nombre propio.Por su parte Blas Vega asevera que ha llegado a comprobar entre viejos cantaores y aficionados, que en la época de Silverio se habla de las diecinueve tonás que fueron conservadas por Don Antonio Chacón.
«Yo soy como aquel buen viejo
que está puesto en el camino;
yo no me meto con nadie,
nadie se meta conmigo».
(Toná grande)


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